viernes, 31 de agosto de 2018

¿Taita, por qué estamos con romanos?

Un día caluroso de verano, Kaukirino se encontraba con su padre junto al río Merdancho, camino de las tierras que su padre, Buntalos tenía junto en la ribera de dicho río. 

Era una familia arévaca media, hasta hace unos años al menos. Kaukirino era muy pequeño cuando todo pasó, casi ni se acuerda, pero dejó un gran vacío en su vida, en su casa y en su familia. 

Kaukirino y Buntalos no serían los mismos desde que sucedió todo, su pueblo no sería el mismo y es más, todos los pueblos y culturas veniderass que se asentaron en esas tierras tampoco lo serían. 

Llegando a su media hectárea de cereal, cereal que utilizaban para poder pasar el año y para pagar los impuestos, Kaukirino se paró en seco, frente a un campo lleno de estacas hincadas y muros de madera medio destruidos y le preguntó en ese momento; 

  • Taita, ¿por qué ahora estamos con los romanos?

Justo entonces, Buntalos le miró con los ojos llorosos, mientras que echaba la vista hacia atrás, mirando al cerro de La Muela y echando de menos todo lo que eran, unos años atrás. 

  • Mira Kaukirino, es una larga historia. Todo esto nos cambió a todos, lo primero a nosotros, que desde entonces no hemos vuelto a ver a tu madre. Está siendo muy duro, sobre todo ver día a día al “enemigo” pasar por nuestros caminos, llevarse parte de nuestras cosechas y llevarse a nuestros familiares. Le pido a los dioses que nos ayuden en esta época que nos ha tocado vivir, pero lo principal es que no tenemos los dos. 

  • Hace ya unos 25 años, hubo un pueblo, desconocido para nosotros, que hablaba una lengua totalmente diferente a la nuestra y portaban unas espadas y unas armas diferentes. Solo venían hombre y por ello pensábamos que algo querían de nosotros, porque no tenían familias, ni posesiones, o eso creíamos.


En ese momento cambió todo, porque uno de sus jefes, decidieron que no podríamos levantar murallas en nuestras tierras. 

  • Pero, ¿para qué queremos murallas taita?

  • -Las queremos para defendernos, para guarecernos en nuestro pueblo, para poder ver desde el otro lado lo que haya fuera.


  • Entonces, hubo una ciudad, llamada Segeda, que está cerca del monte sagrado, Mons Chaunus, como lo llama un tal Marcial. Ya tu abuelo, iba allí a hacer rituales y a conocer lo que los dioses querían de nosotros, pero todo ello se perdió en el tiempo. 


  • Aún así, la ciudad de Segeda, reformó un trozo de su muralla y entonces, los señores que vestían con cota de malla, escudos y armadura ligera y llevaban una espada en el cinturón, espada que por cierto se rompía con bastante facilidad, se enfadaron y fueron a por ellos. 

  • Taita, ¿esos señores les odiaban?
  • No Kaukirino, esos señores actuaban de forma egoísta, creían que todo era suyo. Es más, uno de tus abuelos lucharon con esos señores, en el mismo bando, contra otros llamados Cartagineses, creyendo que lo de aquel pueblo también era.
  • Entonces fueron a la guerra contra ellos. Nosotros les ayudamos en su lucha.
  • Taita, ¿por qué?
  • Les ayudamos porque eran nuestros hermanos, eran nuestros vecinos, nuestras familias. Además los siguientes éramos nosotros.
  • ¿Ganamos?, dijo Kaukirino. 
  • No, hijo, perdimos. 

  • Justo después decidieron venir a por nosotros y nombramos a Leukon y a Ambon como jefes de nuestra tierra para combatirles. Nos organizamos bien, porque ellos eran miles, nosotros no. 
  • Taita, ahora seguro que ganamos, dijo el niño.
  • Tampoco Kaukirino, ganamos batallas, ganamos la guerra de guerrillas, pero hubo un día, que desde un lugar lejano, llamado Roma, tras cambiar su calendario y el nombramiento de los gobernadores marzo (idus) al 1 de enero (calendas),  mandaron a Escipión, un jefe suyo. Era bueno este Escipión. Sabía que no podía matarnos en batalla, como nosotros la planteábamos. Pero supo que no podríamos vivir eternamente y si se hacía con toda la comida, moriríamos. 


Por ello hizo campamentos o castra, como los que ves ahora mismo, eran temporales, por eso eran de madera, pero nos controlaban desde alli, no podíamos ir a por carne de ganado, ni a por cereal, tampoco a por agua. 

Empezamos a morir por decenas, hasta que al final Retógenes, Megara y otros jóvenes, se suicidaron, pero esto solo fue el principio. 

  • ¿Es desde entonces que no vemos a mamá?, preguntó Kaukirino. 
  • Sí, a mamá la llevaron consigo, según lo que sé, se la llevaron a otro lugar de lo que ellos llaman Hispania para separarla de nosotros. La echo mucho de menos. 
  • ¿Qué paso con el resto, taita?
  • A algunos los llevaron consigo como a mamá, a otros los llevaron con sus armas a Roma y a nosotros nos dejaron aquí. 
  • ¿Pero por qué no viven esos “romanos” aquí con nosotros?
  • Ellos viven en sus ciudades. Nosotros les tenemos que dar parte de la cosecha, sólo cuando vienen, pero todo se lo han quedado gentes de tribus cercanas. 
  • ¿Qué pasará ahora?
  • Solo quiero que vivamos en paz, sólo quiero, y le pido a los dioses que tu madre esté bien y que llegue el día en el que los romanos hayan sido un mal sueño que haya pasado por aquí. Solo espero eso, hijo. Volvamos al camino Kaukirino, hay mucho que cosechar.






JIMENO MARTINEZ, A. (2005), Numancia, símbolo e historia. Ediciones Akal

APIANO (2006) Guerras Ibéricas. Aníbal. Alianza Editorial (trad. Gómez Espelosín, F.J.)